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La crisis del estrecho de Ormuz y la transformación de Asia Occidental

La crisis del estrecho de Ormuz y la transformación de Asia Occidental

José Gabriel Martínez Borrás


Departamento de Ciencia Política


Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras



A finales del siglo XX, la transformación estructural de Asia Occidental estuvo marcada por dos acontecimientos decisivos. El primero fue el cambio de orientación estratégica de Egipto a finales de la década de 1970. A cambio de la devolución de la península del Sinaí y del respaldo político, militar y económico de EEUU, Egipto reconoció a Israel en 1978. Esta decisión debilitó considerablemente la influencia soviética en la región y alteró el equilibrio geopolítico existente. 


El segundo acontecimiento fue la Revolución Islámica iraní de 1979. La caída de Reza Pahlavi, aliado de Occidente, afectó tanto a Washington como a Moscú. EEUU perdió uno de sus principales socios regionales, mientras que la URSS observó con preocupación el potencial impacto del islamismo político en sus fronteras. Posteriormente, ambas respaldaron a Irak durante la guerra contra la recién creada República Islámica de Irán, conflicto que se prolongó durante casi una década. 


Tras la Guerra del Golfo (1991), EEUU consolidó su presencia militar en la región mediante el establecimiento de numerosas bases destinadas, según su narrativa, a garantizar la seguridad de las monarquías petroleras del Golfo. Este despliegue fortaleció el sistema del petrodólar y la arquitectura financiera de la posguerra fría. Con el desmanetlamiento de la Unión Soviética ese mismo año, la influencia estadounidense se expandió ampliamente. Irán quedó como uno de los pocos actores regionales que mantuvo su soberanía sin presencia militar estadounidense, circunstancia que impulsó el fortalecimiento de sus capacidades defensivas. 


A cinco meses de la agresión estadounidense e israelí contra la República Islámica del 28 de febrero de 2026, la crisis entre Irán y EEUU se encuentra en una situación intermedia entre el conflicto abierto y la paz estable. Este escenario de “ni guerra ni paz” ha impulsado diversos esfuerzos diplomáticos orientados a evitar una nueva escalada militar. 


Uno de los desarrollos más relevantes ha sido la revitalización de un eje diplomático integrado por China y Pakistán. Para Beijing, la estabilidad de Asia Occidental constituye una necesidad estratégica vinculada tanto a su Iniciativa de la Franja y la Ruta, como a sus inversiones energéticas y de infraestructura en la región. China se ha convertido así en un actor esencial para promover mecanismos de diálogo entre las partes enfrentadas. Por igual, Pakistán ha asumido un papel particularmente importante como mediador. Sin embargo, la profunda desconfianza de Teherán hacia Washington continúa siendo uno de los principales obstáculos para cualquier acuerdo duradero. 


La política iraní tampoco es homogénea. Dentro de su estructura de poder existen posturas divergentes respecto a las relaciones con EEUU. Mientras algunos sectores diplomáticos consideran necesario mantener abierta la posibilidad de negociación, influyentes grupos militares sostienen que las experiencias recientes demuestran la imposibilidad de construir acuerdos confiables con Washington. El liderazgo supremo parece situarse entre ambas posiciones, participando en iniciativas diplomáticas sin abandonar el fortalecimiento de las capacidades estratégicas del país. 


Más allá de la cuestión nuclear, uno de los elementos centrales de la crisis actual es el control del estrecho de Ormuz. Esta vía marítima constituye uno de los corredores energéticos más importantes del mundo y concentra una proporción significativa del comercio internacional de hidrocarburos. El control o influencia sobre esta ruta proporciona una herramienta geopolítica de enorme relevancia. 


Oficiales iraníes y omaníes trabajan en mecanismos temporales para la gestión del tránsito marítimo, mientras evalúan marcos regulatorios permanentes destinados a formalizar su autoridad sobre el estrecho. Si tales iniciativas prosperan, podrían alterar significativamente el equilibrio estratégico regional y afectar los intereses de EEUU, las monarquías del Golfo e Israel. 


Desde la perspectiva iraní, la coyuntura actual ofrece una oportunidad para reducir la influencia militar estadounidense en Asia Occidental. Durante décadas, la red de bases norteamericanas fue uno de los pilares del orden de la posguerra fría. Sin embargo, acontecimientos recientes han alimentado en Teherán la percepción de que Washington enfrenta limitaciones estratégicas y un deterioro relativo de su capacidad de disuasión. La presión sobre instalaciones militares estadounidenses y los desafíos derivados de múltiples escenarios de conflicto han reforzado esa interpretación. 


La situación se complica aún más debido a la presencia de diversos actores que cooperan con Irán sin encontrarse subordinados a una estructura de mando centralizada. Yemen constituye un ejemplo destacado. Las fuerzas de Ansar Allah han demostrado capacidad para influir sobre intereses estratégicos saudíes y sobre rutas marítimas del mar Rojo, aunque mantienen autonomía en la toma de decisiones. Algo similar ocurre con grupos armados iraquíes y con Hezbolá en el Líbano. Más que una organización jerárquica, el denominado “eje de la resistencia” opera como una red flexible de actores con objetivos generales compartidos y amplia autonomía táctica. 


Para Israel, la evolución de la crisis presenta desafíos significativos. Durante décadas, parte de su estrategia consistió en contener la influencia regional iraní. Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen haber favorecido el fortalecimiento de la posición de Teherán, que ha ampliado sus relaciones con actores relevantes de Eurasia y reforzado su presencia política en distintos espacios del Sur. Cualquier acuerdo que reconozca mayor influencia iraní podría ser interpretado por sectores israelíes como derrota estratégica. 


La dimensión más profunda de la crisis trasciende el conflicto: se observa una transformación gradual del orden internacional surgido tras la guerra fría. A comienzos del siglo XXI, predominaba la percepción de una hegemonía estadounidense incontestable. Sin embargo, el ascenso de nuevas potencias, la consolidación de tendencias multipolares y la resiliencia de actores regionales como Irán han alterado significativamente ese panorama. La dificultad para imponer soluciones unilaterales y la necesidad de negociar con actores anteriormente considerados periféricos reflejan una redistribución progresiva del poder mundial. 


La evolución de la crisis del estrecho de Ormuz y la presencia estadounidense en Asia Occidental muestra un escenario complejo y en constante transformación. Mientras continúan los esfuerzos diplomáticos para evitar una nueva confrontación, los cambios estratégicos producidos durante los últimos años parecen difíciles de revertir. Una tendencia parece cada vez más clara: el equilibrio de poder regional está cambiando y cualquier solución duradera deberá reconocer las nuevas realidades emergentes de Eurasia y del sistema internacional del siglo XXI.






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